Categoría: Libros

El Prestigio

Un joven periodista que investiga un extraño suceso termina descubriendo la solución al enigma de su verdadera familia.

Una disputa que dura toda una vida y que traspasa las generaciones futuras de dos magos, obsesionados con su trabajo y los trucos de su adversario.

El mayor truco de Alfred Borden, imposible de realizar y que sólo tendría una explicación lógica… Y la osadía de Rupert Angier, que consigue mejorar dicho truco, convirtiéndolo en verdadera magia.

El escritor inglés Cristopher Priest consigue un relato perfectamente hilado, presentado a través de retazos de libros autobiográficos y diarios de los dos protagonistas y sus descendientes.

Esta estructura es uno de los aciertos de la novela, viajando hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, permite al lector ir desgranando los detalles de los acontecimientos a través del prisma de distintas miradas. Gracias a ello, el propio libro termina convirtiéndose en un verdadero truco de magia, en el que cada detalle cuenta para resolver el rompecabezas.

La aparición de Tesla y su irreal descubrimiento, que dota a la novela del elemento sobrenatural, es un toque de genialidad.

Enigmática, algo enrevesada (lo suficiente), la trama se disfruta de principio a fin. La escritura, adaptada a los momentos históricos de cada pieza del puzzle, es atractiva y fluida. Un digno heredero de los relatos de H. G. Wells en los que la omnipresente ciencia ocupa su lugar como impulsora del asombro y que es capaz de realizar lo imposible.

A pesar de su corta edad (está escrita en 1995), es ya todo un clásico de la literatura fantástica. Un libro perfecto para las tardes ociosas de verano que hace volar la imaginación. Totalmente recomendable.

Atlas de las Nubes

El diario de un notario californiano

Las cartas de un joven músico inglés

La investigación de un sucio asunto sobre una central nuclear en California

Las desventuras de un editor británico

La rebelión de una sirviente clonada en una futura China

La lucha por la supervivencia de los habitantes de un Hawaii post-apocalíptico.

 

Estas son las seis historias que componen El Atlas de las Nubes, expuestas en una primera vuelta y que se resuelven en sentido inverso, en una estructura en forma de espejo. Seis historias, seis maneras de contarlas: como diario, epístolas, narración en tercera persona, en primera persona, interrogatorio y un cuento en un idioma degenerado por el paso del tiempo en lo que queda después de la civilización.

Todas ellas se relacionan de algún modo con la historia que las precede. Así, Frobisher, el músico inglés, lee el diario de Ewing. Luisa Rey, que investiga las corruptelas que rodean al sector energético, conoce al receptor, Rufus Sixsmith, de las cartas del compositor. A su vez, la historia de la periodista termina convertida en un manuscrito que llega a las manos del editor Cavendish, cuya historia será relatada en una película que una esclava fabricada por ingeniería genética, Somni-451, visionará antes de realizar un discurso que cambiará el mundo, lo que la convertirá en algo parecido a una deidad que venerarán Zachry y su gente en un mundo aniquilado por el ansia de poder del ser humano.

Esta última parte cronológicamente hablando, que es el capítulo central del libro, es la única que no se ve interrumpida por una historia posterior. A partir de ella, el resto se va cerrando hasta llegar de nuevo al diario de Adam Ewing.

En una estructura tan compleja es lógico el despiste. Es tentador pensar que David Mitchell ha pretendido abarcar las glorias y miserias de toda la humanidad en una obra; una tarea titánica. Pero, si fuera así, sería más lógico remontarse a la noche de los tiempos y comenzar su epopeya entrelazada con los primeros signos de una sociedad estructurada. Sin embargo, decide comenzar con el principio del auge de la civilización occidental, llevarnos hasta su posible futura decadencia y explorar un mundo posterior a ella, fin y principio.

Mitchell elige personajes irrelevantes, cuyas acciones, cristalizadas en libros, cartas, sinfonías o películas, aportan su granito de influencia a las historias posteriores. Ese es un elemento importante: La cultura y sus productos, que son los ladrillos y el cemento que construyen la base de nuestra sociedad y que propician las revoluciones y los cambios.

Como un bucle, el ser humano tropieza repetidamente con las mismas piedras: el egoismo, las ansias de poder y la apatía. Es imposible evitarlas: parecen parte de nuestra naturaleza. Quizás ese sea el mensaje del autor; la vida sigue, la historia pasa y siempre tendremos los mismos problemas y sólo queda luchar contra ellos. Incluso aunque sea una lucha que nunca acaba.

El Atlas de las Nubes es una novela potente, ambiciosa y que está impregnada de una positividad de agradecer en estos tiempos. Podría parecer una biblia «New Age», con referencias a la reencarnación (todos los personajes llevan la misma marca de nacimiento) y otras mandangas pseudofilosóficas, y supongo que muchos lo verán así. De todos modos, la obra de Mitchell deja un recuerdo agradable después de su lectura y es fácil de asimilar a pesar de su extraña estructura.

Babel 17

Una serie de sabotajes amenazan la estabilidad de la Alianza. Todos tienen algo en común: antes, durante y después de los ataques, las fuerzas de seguridad interceptan mensajes incomprensibles, redactados en una especie de código que bautizan con el nombre de Babel-17. Todos los esfuerzos por descifrarlo son inútiles, así que recurren a Rydra Wong, una poetisa y lingüista famosa en varias galaxias, que enseguida descubre el error de base; y es que Babel-17 no es un código, sino todo un lenguaje.

Samuel R. Delany utiliza la figura de la poetisa (basada en su mujer, Marilyn Hacker) como punto de partida de esta reflexión sobre el lenguaje y su capacidad para alterar la percepción de la realidad.

Según la hipótesis esbozada en el libro, el lenguaje actúa no ya como un software que interpreta datos, sino como un sistema operativo en sí mismo que aprovecha los recursos mentales para analizar e interactuar con la realidad. Cuando la protagonista piensa en Babel-17, su «hardware» se acelera, sus recursos son aprovechados al máximo.

Este lenguaje necesita eliminar ciertas construcciones del lenguaje común para conseguir tal nivel de análisis de datos. Desaparecen, por lo tanto, los elementos subjetivos, la primera y la segunda persona, el tú y el yo, lo que provoca la eliminación de la empatía a favor de una mayor efectividad del pensamiento.

Es una idea muy potente que ha sido utilizada de distintos modos por posteriores autores de ciencia ficción, siempre adapatada a los intereses del argumento, como Ursula K. Leguin en «Los desposeídos«, donde desaparecen los posesivos (tuyo, suyo, mío) en el idioma de Anarres, una comuna anarquista. Otro ejemplo sería «La Historia de tu Vida» de Ted Chiang, en la que lleva la idea hasta el extremo de considerar al lenguaje capaz de remodelar incluso nuestra percepción del tiempo, del pasado y del futuro. Y, por supuesto, «Empotrados«, de Ian Watson, otra de esas maravillas de la ciencia ficción especulativa.

A diferencia de «La intersección de Einstein«, «Babel-17» (ganadora del premio Nébula en 1966 y finalista del Hugo) es un libro con una estructura menos experimental. Gracias a eso el mensaje es más claro, sin rastros de esa niebla formal que impregnaba al primero.

En definitiva, un ejemplo perfecto de los temas de la Nueva Ola, alejándose de los clichés de la ciencia ficción clásica y lanzando una mirada hacia el interior, en una obra más especulativa y más madura. Y, por supuesto, la muestra más clara del buen hacer de Delany.

No quiero dejar de mencionar una curiosidad del libro: Rydra Wong, que domina numerosas lenguas, en ocasiones prefiere pensar en vasco. A lo mejor algún día lo consigo yo también y soy capaz de dominar el ergativo…

Amos de títeres

Unos confusos informes sobre el avistamiento de un OVNI llegan al servicio de inteligencia del gobierno. Es el comienzo de una invasión programada para condenar a la especie humana a la esclavitud.

Medio siglo después de que H. G. Wells nos presentara la primera de las invasiones extraterrestres por parte de los marcianos, Heinlein elabora una historia más sutil de dominación por parte de alienígenas.

Escrita en 1951, Amos de Títeres es la raiz de la que luego surgiran otros títulos imprescindibles como Los Ladrones de Cuerpos (Jack Finney, 1955).

Heinlein escribe una historia clásica de aventuras, con acción trepidante, que se devora fácilmente. Está repleta de momentos de tensión que la dotan de un ritmo frenético.

Leida desde el siglo XXI puede parecer ingenua, un simple entretenimiento, un folletín, pero ubicada en su contexto representa muy bien la sociedad llena de miedo que comienza a fraguarse en la época de su escritura.

La referencia al comunismo es clara, llegando a compararlo con el efecto que producen las babosas extraterrestres en el ser humano infectado… vaya, se me ha escapado. Sí, los alienígenas son babosas que se te pegan a la espalda, lo que da pie al autor para crear situaciones hilarantes, como que el presidente de los Estados Unidos se vea obligado a crear una ley «nudista» para poder detectar a los infectados.

Una mención aparte merece el Patrón, el jefe del servicio secreto de inteligencia. Un verdadero cabrón que es capaz de sacrificar a sus agentes para conseguir sus objetivos (¿un amo de títeres que no tiene forma de babosa?). Este personaje abre la puerta a muchas reflexiones sobre el tema principal del libro: la alienación, la subordinación y la anulación de la personalidad.

Como me ocurrió con «La Tierra Permanece», otro de los clásicos de esa década, me sorprende el grado de machismo y homofobia que impregnaba a parte de la producción literaria de esa época (supongo que así era la sociedad estadounidense pre-hippie). Es lo que hay, pero no deja de producirme sarpullidos; en este caso, además, la relación entre los dos protagonistas, del rollo: «chico conoce a chica, chico se enamora locamente de chica, chica se hace la dura, chico se desespera pero sigue luchando por ella, chica acaba cediendo y se convierte en sumisa esposa», pues como que es demasiado parecido a lo que uno esperaría en una novela rosa y chirría un poco. De todos modos, esta historia paralela de conquista está bien integrada en la trama general.

«Amos de Títeres» es una novela que se disfruta enormemente y que deja varias lecturas; desde el mero entretenimiento, hasta el análisis social y político de la época. Heinlein hace, además, un esfuerzo por dotar de realismo la invasión, explicándonos desde el método de control del sujeto por parte de la babosa, hasta su reproducción. En definitiva, una muestra excelente del talento de este escritor clave de la edad de oro de la Ciencia Ficción estadounidense.

 

Título: “Amos de Títeres”

Autor: Robert A. Heinlein

Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 71.

1951 (edición 1982)

252 páginas

La tierra permanece

Después de sufrir un desafortunado encuentro con una serpiente de cascabel, que lo lleva al borde de la muerte, Ish se despierta en un mundo cambiado: una terrible epidemia ha terminado con casi toda la población. En este nuevo mundo, poblado por escasos supervivientes aislados, es necesario plantearse el difícil futuro de la humanidad.

«La Tierra Permanece», escrito por George R. Stewart en 1949, es uno de los clásicos de la ciencia ficción americana, y ha permanecido como tal hasta este nuestro recién estrenado siglo XXI.

Es fácil encontrar cientos de comentarios sobre sus virtudes, como el perfecto ejemplo de ciencia ficción post-apocalíptica y ecologista. En ella, el ser humano es despojado de su lugar privilegiado como amo del mundo, condenado a perder las ventajas que una compleja sociedad tecnológica le aportaba, pues es imposible mantenerla cuando la población se reduce tan drásticamente.

Las ideas de este libro pueden encontrarse en numerosos libros, películas e incluso documentales, como los del canal Historia, «la vida sin nosotros«, en los que analizan qué le ocurriría a nuestras creaciones como sociedad con el paso del tiempo si la humanidad se esfumase de un día para otro. Eso mismo aparece en la obra de Stewart como pequeñas acotaciones a la narración general.

No obstante, a pesar de su importancia como referente, me parece exagerado considerarlo un clásico inmortal, como hacen algunos. Más de 60 años se notan… y mucho.

En primer lugar, Ish, el personaje principal que articula la historia. A pesar de ser geógrafo, en ningún momento de la novela se le ocurre siquiera pensar que pueda haber supervivientes en otras partes del globo. Es decir, si la humanidad sobrevive, lo hará en los Estados Unidos de América, que Dios los bendiga… Y, por supuesto, sobrevivirán blancos. Como muestra, un botón:

Se quedó un momento ante el volante, sumergido en sus pensamientos. Si me quedara, aquí, reflexionó, podría ser un verdadero rey. No les haría mucha gracia, pero con la colaboración de los viejos hábitos acabarían por resignarse. Cultivarían mis legumbres, cuidarían mis gallinas, y hasta tendríamos una o dos vacas. Harían, en fin, todo el trabajo. Yo sería un rey, aunque en pequeña escala.

Pero la idea se le borró enseguida, y se puso en marcha pensando que los tres negros habían solucionado mejor que él el problema de la nueva vida.

Sí, sin duda. Tan bien lo habían solucionado que en el resto de la novela ni siquiera intenta volver a contactar con esa tribu… y, curiosamente ninguno de los miembros de la suya es negro. Bueno, sí, Em, la que será su pareja, que le confiesa entre llantos que es mulata; Ish, por supuesto, lo entiende: así de bueno es nuestro protagonista.

Tan bueno como en el siguiente extracto:

– ¿Por qué quiere que deje tranquila a Evie? ¿Es su amiguita?

– Por algo muy simple – dijo Ish rápidamente – En nuestro grupo no hay seguramente genios, pero tampoco imbéciles. No queremos cargar con unos cuantos niños idiotas, como lo serían fatalmente los hijos de Evie.

Evie, miembro de la tribu (que ni siquiera incluye en el recuento de miembros de la tribu: «somos ya 7 adultos y 3 niños, más Evie»), es una muchacha que recogieron algunos miembros y que parece tener alguna discapacidad. Claro, que nadie la toque, no nos vaya a fastidiar la repoblación del mundo con hijos idiotas. El que quiere contacto carnal con ella, por cierto, es Charlie, al que el autor identifica con el mismo diablo llenándolo de enfermedades venéreas (qué curioso: sospechemos del extraño, porque nos trae la muerte, porque es un pecador…mmmm, que me da a mí que eso me suena…)

No merece la pena seguir contando la cantidad de machismo y prepotencia, aunque sea de manera sutil, que destila el protagonista. Es normal: años 50 en Estados Unidos. No hay más que hablar. Pero estos aspectos de la obra la inhabilitan para ser lo que algunos quieren ver en ella. Stewart supo describir con maestría lo que sería de un mundo sin nosotros, pero si a alguien le parece un ejemplo conmovedor de la naturaleza humana y su afán por la supervivencia, pues que se lo haga mirar.

Bueno, eso se lo podrá parecer a un católico convencido, porque esa es otra: las citas bíblicas. Supongo que es por eso que algunos la ponen en el altar de grandes obras de la humanidad. (Anda, mira. Ahora ya ubico mejor lo que pasa con el tal Charlie… todo un demonio extranjero que viene a pervertirnos y a tirarse a la tonta del pueblo, pobrecita, que ella no tiene la culpa que Dios la ha hecho así). Porque no hay que dejarse engañar: las religiones en este libro desaparecen en la tribu (y menciona otra tribu de fanáticos religiosos, como si quisiera curarse en salud, para dejar claro que el fanatismo no es el camino), pero ahí está Ish, que, parece que por desidia, ya les deja un recuerdito con su eterno martillo, a lo Thor. Y ahí están esas citas bíblicas tan bien escogidas, insisto.

En cuanto a lo ecologista de la novela, tampoco me convence desde nuestra perspectiva actual. También es bíblico este ecologismo.  Puedo comprender que emocionara en su época, incluso hasta un par de décadas después. Pero no entiendo que nadie perciba lo desfasado de su enfoque. El hombre vuelve a las cavernas, a usar un arco y flechas y, lo siento, pero es la sensación que me queda, a no retener nada de lo aprendido y condenado a repetir los mismos errores. Se respeta a la naturaleza como un igual, sí, pero no hace más que iniciar otra vez el mismo camino de destrucción de la misma. La solución no está en volver a las cavernas. ¿Stewart no sabía que no hace falta más tecnología que unas lanzas y unas flechas y un poquito de ayuda de la naturaleza para acabar con especies enteras? ¿No le consultó al Mamut? ¿Es esta la ecología que tanto se admira en este libro?

Hay algunos detalles más que han hecho envejecer esta novela (el asunto de las bibliotecas, que no luche con más ahinco por mantener siquiera la escritura y la lectura en su tribu, el sospechoso e intranquilizador hecho de que sólo parecen haber sobrevivido mis peores alumnos de la ESO…).

No sé. Hay que leerlo, es imprescindible para un amante de la ciencia ficción. Hay que disfrutarlo como lo que es, y darle la importancia que tiene, no más. Su valor literario es innegable, pero, por favor, que nadie hable de sus «significados profundos» a estas alturas, porque son éstos los que van a hacer que nos vayamos al hoyo.

Sin destino

Sin destino (1975) es el relato en primera persona de un joven judío húngaro en los campos de concentración nazis.

Tras ser obligado a trabajar a sus catorce años en una fábrica a las afueras de Budapest, un día es trasladado al campo de concentración de Auschwitz, donde pasa tres días, para después viajar a Buchenwald. Tras una enfermedad que casi termina con su vida, es rescatado por el ejército norteamericano.

Imre Kertész, premio Nobel de Literatura en 2002, utiliza este libro para contarnos su propia experiencia como adolescente judío en los campos de concentración. Una temática tan delicada, tan horrible, es tratada por el escritor húngaro con una objetividad pasmosa. No hay música de tristes violines para emocionar; sólo la verdad, ni siquiera adornada con reflexiones:

Existen situaciones en que parece imposible que se puedan agravar o empeorar. Yo mismo, al cabo de tanto esfuerzo, de tanto afán, de tanto empeño, acabé encontrando la paz, la tranquilidad y el alivio. Ciertas cosas, por ejemplo, que antes me habían parecido sumamente importantes, perdieron por completo su significado para mí. Así, estando en la fila durante el recuento, si me cansaba -y sin mirar si me encontraba en medio de un charco o si había barro-, me dejaba caer, me sentaba y me quedaba sentado o acostado hasta que mis vecinos me levantaban a la fuerza. No me molestaban ni el frío ni la humedad, ni el viento ni la lluvia: simplemente no me llegaban, ni siquiera los sentía. Desapareció hasta el hambre, me seguía llevando a la boca todo lo que encontraba, todo lo que fuera comestible, pero sin prestar atención, como por costumbre y de manera mecánica. En el trabajo no cuidaba ya ni las apariencias. Si tenían algún inconveniente, lo más que podían hacer era pegarme, y con eso tampoco me hacían mayor daño, sólo me hacían ganar tiempo, puesto que con el primer golpe me acostaba en el suelo y ya no sentía los otros porque me quedaba dormido.»

No hacen falta artificios para comprender el horror que un ser humano es capaz de imponer a un semejante, ni para darse cuenta de la capacidad innata para soportarlo. Es de agradecer la objetividad de Kertész, porque esto ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo en algún lugar del mundo; no hay que meter ni a dios, ni al diablo, ni al infierno en este tema. Es sólo cosa nuestra.