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Sunset 2012

Una pequeña prueba juntando fotografías para conseguir una panorámica del atardecer desde la terraza Oeste:
sunset27_08_2012

Fotos tomadas el 27 de Agosto.

La mano izquierda de la oscuridad

Gueden es el último de los planetas habitados por descendientes de los Hainish que ha sido descubierto por el Ecumen y que investiga Genly Ai, explorador terrestre, en una primera fase de acercamiento. Con un clima extremadamente duro, lo que hizo que se conociera al planeta como “Invierno”, los guedenianos poseen una característica que los diferencia notablemente del resto de grupos antropomorfos conocidos: su sexualidad hermafrodita. Durante los periodos de inactividad sexual, poseen un sexo indeterminado, andrógino. Durante el kémmer, su período de apareamiento, que se da una vez al mes, esa ambigüedad desaparece y cada individuo adopta el comportamiento y los atributos genitales masculinos o femeninos, dependiendo de condiciones externas, de sus propias hormonas y de la proximidad de otros individuos sexualmente receptivos. Todos los habitantes del planeta pueden, por lo tanto, ser progenitores como padre y como madre.

Ursula K. Leguin consigue pegar una bofetada al lector al derrumbar algo que es fuente de constante conflicto en nuestro mundo. Los roles sexuales no tienen ningún sentido en una sociedad así. No nos describe, sin embargo, una utopía asexual, sin problemas. El planeta está dividido en varios reinos y existen enfrentamientos entre ellos por motivaciones políticas.

La novela no se limita a la descripción del explorador terrestre (teñida de comentarios referentes al dimorfismo sexual, aunque sea inexistente), ya que la autora se sumerge en la mente de un Guedeniano para contarnos su parte de la historia, su extrañeza ante un ser que siempre es hombre y que convive con mujeres que lo son desde el nacimiento hasta su muerte, en un planeta en el que todos están permanentemente en kémmer.

Enmarcada en el universo Ecumen, comparte con “Los desposeídos”  el estudio de sociedades que se alejan de la nuestra, bien sea por motivaciones políticas o por imposición genética, como en este caso. A Ursula K. Leguin no le tiembla la mano al meter el dedo en la llaga en los traumas que arrastramos desde las cavernas, siendo uno de ellos el sexo y los distintos roles impuestos por nuestra estructura social. Aquí no sólo desaparecen éstos, sino también los asociados con otras opciones sexuales: en Gueden tampoco tiene sentido hablar de homosexualidad o bisexualidad.

Es interesante también el marco en el que se mueven los personajes, en una especie de siglo XX, con su tecnología incluida, pero, a la vez, como si fuera una Edad Media eterna, con reyes y traiciones políticas a la orden del día.

Resumiendo, “La mano izquierda de la oscuridad” es una gran novela, de las imprescindibles de la ciencia ficción. No en vano fue ganadora del premio Hugo a la mejor novela en 1970, aunque quizás estemos en una de esas ocasiones en las que un libro de este calibre debería sobrepasar las fronteras del género y ser considerado como un importante exponente de la creación literaria del siglo XX.

Espacio Revelación

La comandante Volyova, comandante científica de una bordeadora lumínica, una nave de comerciantes que consigue alcanzar velocidades cercanas a la de la luz, intenta encontrar una cura para su capitán, infectado por una plaga alienígena que lo está consumiendo, así como a la propia nave.

Khouri, antes militar, intenta rehacer su vida después de un error burocrático que la separó para siempre de su marido. Es asesina a sueldo, contratada por sus propias víctimas, en Ciudad Abismo, en el planeta Yellowstone.

Sylveste, reputado científico, busca los restos de una antigua civilización desaparecida en el planeta Resurgam, los Amarantinos, seres evolucionados a partir de algo parecido a las aves y cuya desaparición, debida a un acontecimiento apocalíptico que ocurrió en su sol, es la clave para resolver un problema al que tienen que enfrentarse todas las civilizaciones de nuestra galaxia.

Estas tres historias confluyen en esta magnífica novela de Alastair Reynolds, escritor británico de ciencia ficción, que consiguió varios premios del gremio en Inglaterra.

Es una narración repleta de ideas atrayentes, con una descripción bastante realista de las tecnologías y aspectos científicos, integrando las especulaciones más allá de la ciencia con suma elegancia y credibilidad. No se limita, sin embargo, a la ficción especulativa, pues en ella podemos encontrar referencias más contemporáneas, como el ciberpunk, con los Ultras, humanos fuertemente modificados que pueblan sus páginas.

 

Cabe destacar el tratamiento temporal, pues en este universo los humanos no han conseguido superar la velocidad de la luz, con lo que necesitan años e incluso décadas para superar las distancias interestelares, algo que consiguen con la criogenización, con lo que algunos de los protagonistas tienen centenares de años de tiempo real, aunque realmente sólo sean sexagenarios. La narración simplemente sigue las diferentes historias hasta que confluyen en un punto espacio temporal, sin existir una sincronización previa hasta ese instante.

 

Hay muchos más elementos que dotan a esta novela de un toque de ciencia ficción dura: Conciencias en soporte informático (como en la saga de los Heechees de Pohl, pero sin tanta explicación autocomplaciente), implantes cerebrales, virus capaces de asimilar células y sustancias inorgánicas, guerra a nivel molecular, entópticos (efectos visuales que sólo pueden percibirse con determinados implantes en el sistema de visión), alienígenas especializados en digerir información capaces de alterar conciencias, etc… Todo ello está perfectamente enlazado en la trama con bastante habilidad, con lo que su lectura es más que recomendable.

El Nombre del mundo es bosque

Los creechis, seres con la misma ascendencia que los humanos, habitan un planeta repleto de selvas que interesa a los humanos por sus numerosos recursos naturales. Es una especie inteligente pero que, aparentemente, no opone ninguna resistencia a la colonización humana, que roza la esclavitud. Comunicarse con los creechis es harto difícil, pues estos dividen la realidad en dos estados: el tiempo real y el tiempo sueño.

Un buen ejemplo de ciencia ficción ecológica, en un estilo que hace poco vimos en Avatar: una sociedad profundamente ligada a la naturaleza de su planeta, con la que comparten una especie de misticismo y respeto mutuo que el ser humano intenta quebrar, consciente o inconscientemente, con su llegada.

Esta novela de Ursula K. Leguin también consiguió el máximo galardón de la ciencia ficción, el premio Hugo, y se enmarca en el universo Ecumen, como ya ocurría con Los desposeídos. De hecho, aparece alguna mención a la trama de esta última, como el comunicador instantáneo, el “ansible”.

Escrita en 1972, cuando la sociedad ya empieza a percibir el problema de la conservación de la naturaleza y la agresiva actividad del hombre como culpable del deterioro de inmensas zonas, sobre todo de la selva de Sudamérica, los creechis aparecen como un símil de las culturas amazónicas expuestas a la sobreexplotación de su hábitat por parte de Occidente. Culturas que poseen conocimientos ancestrales e intuitivos que deben entenderse y preservarse, aunque toda investigación conlleva el riesgo de la contaminación y el desmantelamiento de dicha sociedad.

Heechees

En 1977, Frederik Pohl escribió Pórtico, que fue premiado con los tres grandes galardones de la ciencia ficción: el Hugo, el Nebula y el Locus. Es la primera novela de lo que sería posteriormente la “saga de los Heechee“. En ella cuenta el viaje de Robinette Broadhead, explorador de “Pórtico”, un asteroide repleto de pequeñas naves espaciales capaces de viajar a velocidades ultralumínicas que fue abandonado por una raza extraterrestre, los Heechees, hace medio millón de años. Subir en una nave Heechee supone una lotería, pues tienen un destino prefijado que no puede ser modificado debido a la falta de conocimientos de la tecnología avanzada de los extraterrestres. Es un viaje de ida y vuelta, a un destino desconocido que bien puede ser un planeta habitable, un gigante gaseoso, una nube de Oort de cualquiere estrella o incluso un agujero negro…

Esta primera novela es fascinante y un caramelo para el aficionado a la ciencia ficción clásica: una historia interesante, naves espaciales y agujeros negros. ¿Qué más se puede pedir? Pues, quizás se podría pedir que lo hubiera dejado así.

En la segunda entrega, “Tras el incierto horizonte”, nos volvemos a encontrar con Robinette Broadhead, y uno ya empieza a preguntarse si su apellido (literalmente “Cabeza ancha”) no estará escogido a propósito , porque, simplemente, no hay dios que lo aguante. Bueno sí, su software “listillo sabelotodo” llamado Albert Einstein, y una mujer que debe tener el hueco asegurado en el cielo al que vayan los personajes de ciencia-ficción. Pero a pesar de lo cargante del personaje principal, vuelven a aparecer los enigmas relacionados con los Heeches y nuevas ideas y artefactos, como la Factoría de Alimentación. Y, por fin, se resuelve el enigma de los famosos “molinillos de oración” heechees.  Siguen sin aparecer los Heechees por ningún lado, y eso es un punto a favor de la novela; la imaginación sigue volando.

En la tercera entrega, “El encuentro”, todo parece girar en torno a la idea de “volcar” una mente humana en un ordenador. Y, lo que tenía que ser la solución a las dudas sobre los Heechees, se convierte en una aburrida disertación sobre las ventajas de no poseer un cuerpo biológico y las dudas existenciales del (en esta novela, directamente repulsivo) personaje principal, Robinette Broadhead. No sólo eso, sino que pudiendo ahondar en ese tema desde perspectivas más interesantes (la del software “Albert Einstein”, por ejemplo, al que el autor ha dado a luz completamente capado respecto a su personalidad como entidad pensante), todo se queda en las egoistas y aburridas paranoias sin interés de un personaje al que te gustaría asesinar con tus propias manos.

Además, todo el asunto de los agujeros negros como si fuera meros escondites, de los que los Heechees entran y salen como quien coge el coche para irse de vacaciones, es bastante absurdo y chapucero. Así, la emoción de, por fin, conocer a los Heeches se diluye entre el aburrimiento y la incredulidad.

Y, por fin, “Los anales de los Heechees“, que, de nuevo, redunda  en los monólogos aburridos sobre las dudas existenciales del “cabezón” del protagonista, sobre lo rápido que es el pensamiento cuando no tienes cuerpo biológico y lo lenta que es la gente que todavía vive “en carne”. Algunas pagínas quedaron sin leer, porque son insoportables. Como partes positivas tenemos protagonistas Heechees, una trama con dos maníacos bastante inquietante, y la aparición de un “enemigo” común que hace que ambas especies, humanos y heechees, colaboren.

 

Como colofón, Pohl editó una colección de cuentos previos al desarrollo de las novelas, en los que se cuentan algunas historias sobre las experiencias de los exploradores de Pórtico. Estos sí que dejan un buen sabor de boca y, aunque después de todas las novelas de la saga ya conocemos más que suficiente de los Heechees, consiguen alimentar la imaginación y volver al ambiente que conseguía la primera novela. Un buen epílogo para una saga que, a pesar de todo, sigue siendo un clásico que merece la pena conocer.

La ciudad al final del tiempo

Jack y Ginny, residentes en Seattle, padecen extrañas “desconexiones”, que duran horas, visitando las mentes de dos seres humanos, Jebrassy y Tiadba que parecen vivir en un desconcertante mundo constantemente amenazado por algo que ellos llaman el Tifón y que es el caos en estado puro; el fin del universo.

Ambos poseen la capacidad de reubicarse en distintas líneas temporales cuánticas, gracias, quizás, a unos extraños artefactos, unas piedras que siempre han tenido con ellos y que son la clave para salvar al universo de su desaparición. Junto a Daniel,  que posee dos de las preciadas piedras, consiguen llegar a la ciudad al final del tiempo, donde el futuro termina y sólo queda un destino.

Es difícil resumir la trama de este complicado libro de Greg Bear. Durante la lectura, la sensación principal es: “no está mal, me engancha, pero no tengo ni idea de lo que está pasando…” La bruma inicial se despeja poco a poco, enfocando la historia, pero sin llegar a una conclusión clara. Un libro de Ciencia Ficción “Hard”, con referencias científicas muy actuales (las branas de la teoría M), bien escrito, aunque la estructura narrativa es realmente caótica, supongo que intencionadamente, aunque creo que más que sumar, resta coherencia a la historia. En definitiva, requiere paciencia, aunque tiene más virtudes que defectos.