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Mercader de Inteligencia

29Dorsey, propietario de una compañía farmaceútica, intenta evitar la quiebra con un nuevo producto que reactiva la memoria. Casado con una mujer alcohólica y padre de un hijo adolescente con discapacidad intelectual, consigue encontrar una fórmula que aumenta la inteligencia de la mitad de los hamsters de estudio, matando a casi todos los restantes y dejando a un pequeño porcentaje en su nivel previo de coeficiente intelectual. Antes de continuar el experimento con monos, decide correr el riesgo inoculando la sustancia asu hijo, e incluso a sí mismo.

Con un claro parecido a Flores para Algernon (al que incluso menciona al principio de la narración, como si hubiera sido escrito por la mujer del protagonista, Liza), John Boyd intenta amplificar la idea de los efectos de la super-inteligencia analizando las implicaciones sociales del hecho.

El principal problema de este libro es que no consigue un análisis atractivo del asunto. La fuerza se le escapa por la insistencia en Dorsey, el protagonista, creador del compuesto que dota de capacidades de superhombre a su hijo, Marlon, al que despacha a mitad del libro mandándolo lejos y que sólo queda como sombra, perdiéndose el lector las últimas fases de su transformación.

Ese interés por Dorsey, que, como pasa en tantos libros del género en esta época,  por desgracia, es lo que hoy consideraríamos un impresentable machista y homófobo, arruina la novela. ¿Tiene un hijo que pasa de retrasado mental a ser la primera superinteligencia del planeta y sólo le preocupa que pueda ser homosexual? En los años 70 es posible que ese hecho fuera considerado como anécdota. Incluso hoy no habría problemas en incluir un personaje así: es sólo un personaje. Pero cuando, además, en la trama se cuelan cosas como el maltrato por parte del autor a Liza, la mujer del protagonista, a la que neutraliza de un plumazo obsequiándole con una esquizofrenia; o una jovencita italiana, alegoría de lo que el autor (perdón, el protagonista…) considera una mujer 10 y que, más que un ser humano, es un regalito para calmar la libido del protagonista; colegios para superdotados que cuentan con sexólogas que se follan a los aspirantes a alumno… Todo eso y la constante preocupación por la testosterona del protagonista, termina dilapidando la temática original de la novela.

El Algernon de Keyes, escrito más de una década antes, es infinitamente más interesante y conmovedor que esta novelita que se derrumba tras un par de capítulos. No le interesa la super-inteligencia ni sus implicaciones morales y sociales lo más mínimo. Sólo le importa que su protagonista termine follando con la «jovencita-regalo», para lo cual realiza un giro argumental en las últimas páginas que da vergüenza ajena.

El tiempo no ha tratado bien a esta novela y se lo merece. Prescindible de cabo a rabo, y no porque contenga un protagonista machista y homófobo. Eso no tendría mayor importancia si no afectara de manera tan clara a la trama; la hunde y la ahoga entre rancios convencionalismos. Ya que me he propuesto revisar los libros de la colección, al menos este es cortito…

 

Título: “Mercader de Inteligencia”

Autor: John Boyd

Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 29.

1972 (edición 1977)

192 páginas

Interstellar

isEn un futuro no muy lejano, los desastres climáticos están haciendo que la Tierra sea inhabitable para el ser humano. La única solución posible es la evacuación de la especie hacia otros planetas… o, al menos, intentar una colonización que permita sobrevivir a la especie. Como ya sospechamos por el título, dichos planetas han de ser extrasolares.

Para narrarnos esta historia Christopher Nolan nos regala 3 horas de increíbles efectos especiales, estupendo montaje (muy buen ritmo que hace que la duración no sea un problema) y rigor científico (a ratos); elementos que hacen que sea un producto más que digno.

Lo que también nos ofrece Nolan, por desgracia, son actuaciones bastante mejorables (no sé si era el doblaje, pero no me creía nada), diálogos de chichinabo y esa tacita de buen rollo familiar (del tipo: «yo por mi hijo ma-to») que adereza el guiso de «la humanidad es lo más y de extinguirse ni hablamos porque eso no nos puede pasar a nosotros». Añade una pizca de amor adimensional, que, como la gravedad, puede atravesar dimensiones, código morse (nivel C1 por lo menos) y mucho, mucho polvo.

Recomiendo verla, merece la pena. Pero, y ya me duele decirlo, no es el 2001 de esta generación ni de lejos. Mi sensación al salir del cine fue de cabreo, porque yo me esperaba algo más riguroso, y no me refiero al aspecto científico. Esperaba un producto que me quitara el aliento, y lo único que encontré es un barullo que, de tanta explicación forzada, termina siendo incomprensible. Lo que no me hubiera importado tanto si ese amor «que traspasa dimensiones» no fuera la misma cantinela empalagosa de siempre. La familia, siempre la familia… parecen mafiosos estos de Hollywood.

Los Cerebros Plateados

cp     Los escritores se rebelan: quieren volver a escribir. La ficción se ha vuelto automática; máquinas redactoras se encargan de elaborar las más diversas historias y los humanos «autores» han sido relegados a un papel meramente ornamental, disfrazados como antiguos autores de renombre, únicamente revisan el trabajo de las redactoras. Si quieren volver a ser protagonistas de la creación literaria, no queda otro remedio: hay que destruirlas. Pero el oficio de escritor no es fácil y sólo frases inconexas surgen de sus perezosas cabezas. La editorial Rocket House tiene un as en la manga, una medida desesperada: los cerebros plateados.

Redactada e imaginada como una broma sobre el mundo editorial, «Los cerebros plateados» no deja el agradable sabor del buen sarcasmo. Demasiado confusa, sin un personaje realmente sólido, ni tan siquiera el metálico robot Zane. Absurdos personajes son obligados a transitar por una trama de aparente complejidad que estructura la sátira.

Durante toda la lectura, uno tiene la sensación de estar reviviendo un episodio de Futurama, pero sin Bender… Mejor dicho: parece una comedia romántica con Calculón como protagonista de voz engolada, de esas que hacían las delicias del robot gamberro de Groening.

Una obra menor que no termina de cumplir las expectativas iniciales, entretenida a ratos, pero poco convincente que, además, no ha soportado nada bien el paso del tiempo.

 

Título: “Los cerebros plateados”

Autor: Fritz Leiber

Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 8.

1961 (edición 1976)

190 páginas

El Cetro del Azar

03Ingmar Langdon se ve forzado a dejar su vida tranquila entre su colección de libros por culpa de un sorteo. Las máquinas del azar lo han elegido entre más de 100 millones de personas para ser el nuevo gobernador de la humanidad y todos sus planetas. Él es el nuevo estocastócrata, muy a su pesar.

 

Con esta interesante premisa, d’Argyre (Gerard Klein) comienza esta pequeña novela escrita casi del tirón en 11 días. Klein describe minuciosamente este curioso método de gobierno al principio de la novela:

La estocastocracia era la culminación lógica de los métodos de gobierno tímidamente experimentados en las postrimerías del S XX, puestos a punto en el transcurso del XXI e implantados definitivamente durante el XXII, en detrimento de todos los demás. A mediados del S XX subsistían unos regímenes democráticos en los que se solicitaba a cada cual que expresara una opinión con respecto a una plítica a observar, pero ya empezaban a perfeccionarse unos sistemas de sondeo que permitían prever en principio la actitud de una gran masa humana frente a un problema determinado, o también su postura ante la elección de algún dirigente. Pront estos métodos alcanzaron tal nivel de perfección que llegaron a permitir la predicción infalible del resultado de las consultas populares, haciendo que estas se redujeran a un simple formulismo (…) El porcentaje de abstenciones creció de modo alarmante. Cundió sobre ello cierta inquietud en un principio y trataron de ponerle remedio, pero se acabó por admitir que el hecho obedecía a la naturaleza de las cosas. Resultaba mucho más fácil consultar a un contingente juiciosamente elegido y compuesto de una decena de miles de personas, antes que obligar a la votación a varios centenares de millones de indolentes adultos.

 

(…)Las consultas populares desaparecieron pura y simplemente y, sin que nadie lo advirtiera apenas, fueron reemplazados por los sondeos. Esta fue la época conocida en la historia bajo la denominación de Era de los Encuestadores.

 

(…)Los métodos de sondeo fueron elevados a tal nivel de perfección, que se pudo confiar casi todo aquel cometido a la cibernética.

 

(…)Pronto se demostró que no era necesario recurrir al muestreo para decidir la elección de los hombres llamados a presidir los destinos del planeta.

 

(…)los candidatos acabaron por escasear y pronto se vio bien claro que los pocos que se presentaban obedecían menos al interés general que al afán de poder. El último grupo representativo consultado decidió que era preferible confiarse totalmente al azar, y que el sorteo era tanto o más adecuado que la polémica para elegir a un hombre justo e íntegro. Bastaba con eliminar previamente del sorteo a los intelectualmente deficientes o cuyo carácter evidenciase rasgos peligrosos. Las máquinas cuidaban de esta selección. Como el nivel intelectual de la humanidad se había elevado considerablemente gracias a la generalización del ocio y al perfeccionamiento de los medios educativos y culturales, el procentaje de individuos inelegibles para ejercer el gobierno, sin llegar a ser desdeñable, acabó siendo muy escaso. La estocastocracia entró en la historia.

Una vez explicada la idea que articula y contextualiza la historia, Klein la va sazonando con intrigas palaciegas, una incursión al mundo-cárcel de los proscritos y la aparición de una especie extraterrestre muy avanzada moral y tecnológicamente.

Un libro que tiene todos los elementos de la Ciencia Ficción «Hard» y política, pero que se desinfla con un final más que discutible, digno de un culebrón de la hora de la siesta.

 

Título: “El cetro del azar”

Autor: Gilles d’Argyre (Gerard Klein)

Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 3.

1974 (edición 1976)

144 páginas

La penúltima verdad

02Atrapada en zulos bajo tierra, la humanidad espera a que la guerra termine y las condiciones ambientales sean favorables; la radiación y los agentes químicos infectan la superficie, repleta de robots que continúan la lucha comandados por los altos cargos que resisten en búnkeres en la superficie… Esta es la penúltima verdad: la tierra ya casi está descontaminada y unos cuantos seres humanos se reparten la superficie en grandes latifundios donde ubican sus lujosas mansiones y cuyo único trabajo es perpetuar la mentira y mantener a sus congéneres dentro de sus jaulas subterráneas mediante el mayor engaño mediático de la historia.

 

Este es uno de los libros más asequibles de Philip K. Dick; planteamiento sencillo y rotundo, prolongación de las sombras de la guerra fría y la propaganda. El reflejo de las teorías de la conspiración se magnifica en esta trama en la que el desastre nuclear es la excusa perfecta para que la casta termine por dominar el planeta y los destinos de millones de personas, atrapadas e ignorantes.

Los medios de comunicación son las verdaderas armas; Dick intuye, ya en los años 60, que el poder viene envuelto en efectos especiales y presentadores carismáticos, simulacros creados para el engaño. Y, como una constante en toda la obra del autor, la única solución es despertar y entrar en esos mundos paralelos en los que se esconde la verdadera realidad. Son esas transiciones sin anestesia entre las distintas capas las que hacen de sus libros algo difícil de definir: extrañeza, sorpresa, alienación. Más aún al comprobar que la propia realidad del lector se ilumina de vez en cuando con destellos de percepción similares.

Dick, después de todo, escribía sobre la búsqueda de la verdad, algo que se transparenta claramente en esta novela.

Título: “La penúltima verdad”

Autor: Philip K. Dick

Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 2.

1964 (edición 1976)

219 páginas

Libros 2013

Termina el año y aquí va un repasito de los libros leídos. Menos que el 2012, pero es que  el trabajo acapara cada vez más tiempo.

Gran río del Espacio – Gregory Benford:

Tercera entrega de la saga del Centro Galáctico. Un cambio radical respecto a las dos anteriores, con un gran salto en el tiempo. Relata las desventuras de un grupo residual de humanos que sobreviven en un mundo dominado por las máquinas cerca del centro de la galaxia. Interesante, desconcertante. Veremos cómo evoluciona la serie.

Las constantes de la naturaleza – James D Barrow

Un recorrido por esos números, aparentemente arbitrarios, que hacen que el Universo sea como lo conocemos. Barrow reflexiona sobre su posible cambio a lo largo de la historia del universo, así como del hecho de que sus valores no pueden separarse mucho de los actuales sin que eso implique que la vida no sea posible.

Aguardando al año pasado – Philip K. Dick

Otra maravilla de Philip K. Dick, que no está entre sus obras más conocidas, pero que tiene todos los elementos del universo dickiano. Una droga que permite viajar en el tiempo, reflexiones profundas enredadas en una trama esquizofrénica, llena de simulacros… Es difícil explicar las sensaciones que produce la lectura de cualquier obra de este escritor. En este caso también existe el cuestionamiento de la realidad, los personajes derivan entre capas y capas de realidades que se complementan. Es imprescindible para cualquier aficionado a la buena ciencia ficción.
La telaraña entre los mundos – Charles Sheffield

Como el propio autor señala, una de las primeras apariciones de la idea del «ascensor» o «tallo de habichuela», un enorme artefacto que conectaría la superficie terrestre con el espacio. El desarrollo de la novela no deja de ser un poco flojo, pero se deja leer bastante bien. Muy bonita la idea del asteroide rodeado de agua, creando un microambiente acuático con calamar incluido.

Un verano infinito – Christopher Priest

Del autor de «El Prestigio», una interesante recopilación de cuentos con el tema del tiempo como hilo común. Destacable, por supuesto, el cuento que da título al libro, con sus imágenes congeladas que duran décadas. También es una gozada «vagabundeos pálidos», un mal nombre para un gran cuento, también centrado en paradojas temporales. Buen estilo e ideas brillantes.

Testigos de las estrellas -Robert Charles Wilson

Robert Charles Wilson especula con la posibilidad de conseguir un aparato tan potente que permite observar incluso los detalles más nimios de planetas lejanos. Así, consiguen realizar el seguimiento de una civilización a 50 años luz de distancia. Para mí ha sido un descubrimiento este autor, con una prosa fluida, personajes bien perfilados y maestría para contar historias. Aunque esto podría considerarse una obra menor, estas características están presentes, por lo que es bastante recomendable.

Las 100 vidas de Lazarus Long – Robert Heinlein

Un clásico, que ha envejecido con algunas arrugas y un poco de mal aliento. Interesante su segunda parte, con viaje interestelar incluido.

Libros con reseña en el blog:

A través del mar de soles – Gregory Benford

En el océano de la noche – Gregory Benford

Spin- Robert Charles Wilson

Los Cronolitos – Robert Charles Wilson

La radio de Darwin – Greg Bear

El Prestigio – Christopher Priest

Atlas de las nubes – David Mitchell

Amos de Títeres – Robert A. Heinlein

La tierra permanece – George R. Stewart

Sin destino – Imre Kertész

La intersección de Einstein – Samuel R. Delany

Pensad en Flebas – Iain M. Banks

19 libros… bueno, no está tan mal, teniendo en cuenta el aumento de horas en el trabajo, dos musicales por el precio de uno, un avance significativo en mi técnica pianística (ya estoy al nivel de un niño de 7 años, por lo menos), un par de cuadros y otro a medias (más otro mural en el trabajo), un video youtubesco de encargo, y alguna otra cosa que seguro que olvido. Pretty Good Year: