Deus Iraetrata muchos de los temas que interesaban a Philip K. Dick; incluso siendo un libro escrito en colaboración con Roger Zelazny, tiene mucho de esa atmósfera de algunas obras de Dick. Recuerda sobre todo al Dr. Moneda Sangrienta: un mundo asolado cuya población sufre mutaciones que los convierten en seres extraños, o que los deja lisiados, como le ocurre al protagonista. Vuelven a aparecer las máquinas, algunas muy humanas. Y, por supuesto, la religión. Un nuevo credo que glorifica al causante de todo el desastre, que convive con las creencias antiguas que luchan por seguir sobreviviendo en un mundo que no supieron salvar.
Tibor McMasters, sin piernas ni brazos, es un artista, el mejor artista en una tierra devastada, al que le encargan realizar el retrato del nuevo Dios, del Dios de la Ira, que todavía vive en un cuerpo humano, el del funcionario que pulsó el botón del holocausto. Para poder captar la magnificencia de la divinidad, necesita verlo y por ello se embarca en una peregrinación para encontrarlo. Así comienza un viaje accidentado en su carrito tirado por una vaca, enfrentándose a los peligros de este mundo pervertido por la radiación y a sus propias dudas.
Deus Irae es, ante todo, un libro sobre la religión y su significado más íntimo. Plantea una interesante paradoja al enfrentar a dos dioses: uno malvado y terrible, capaz de destruir al ser humano, el dios de la ira, y otro, supuestamente bondadoso, que permite que eso ocurra, el dios cristiano. Uno de ellos pulsa el botón, pero el otro deja que el botón sea pulsado. En ambos casos, el ser humano no deja de ser un títere, lleno de preguntas sin respuesta, que la religión, cualquiera de ellas, no termina de contestar de manera satisfactoria. Dick es especialista en plantear ese tipo de preguntas en situaciones en las que son necesarias las respuestas, pero que nunca llegan. Terminamos con nuevas dudas, que tampoco encuentran solución, pero con la sensación de que eso es precisamente parte de la respuesta.
En esta pequeña novela, el autor no es el Clifford D. Simak que se puede encontrar en “Ciudad” o “Estación de Tránsito“. La diferencia de calidad e intensidad entre esas obras maestras de la ciencia ficción y esta novela es enorme.
Los elementos principales de la historia son expuestos en el primer párrafo: Una tarde de verano, se abre una puerta en medio del campo y comienzan a salir personas, miles de ellas. Son “los hijos de nuestros hijos”, habitantes del futuro que se ven obligados a escapar de su época debido a una invasión extraterrestre contra la que no pueden hacer nada. Una vez aquí, los gobiernos terrestres tienen que hacer frente a los problemas que surgen debido a esta repentina aparición de millones de seres humanos.
Durante toda la novela, la trama no llega a variar mucho de esta premisa inicial, e incluso los elementos de sorpresa son predecibles y están poco desarrollados. El argumento es una buena idea, pero no llega mucho más allá.
No diré que no merece la pena acercarse a este librito (son 154 páginas), porque, después de todo, es Clifford D. Simak, y la idea es bastante atrayente, pero no llega a cuajar lo suficiente para conmover al lector, algo que en otras novelas consigue con maestría, aunque no es mala elección si se quiere simplemente pasar un buen rato con una historia de ciencia ficción y viajes en el tiempo.
Durante la grabación de Zaireeka, el grupo preparaba canciones para su siguiente disco, el que sería “The Soft Bulletin“, editado en 1999. De hecho, algunos de los temas presentes aquí surgieron como ideas para incluir en Zaireeka, pero que descartaron como imposibles de producir para el formato de cuádruple CD.
Este disco supuso el mayor éxito de crítica de la banda hasta el momento (para muchos críticos es uno de los mejores discos de la década de los 90). El grupo se “reinventó”, abandonó el sonido guitarrero, herencia de sus inicios hardcore, para desembocar en una especie de pop surrealista, con una producción muy cuidada con un mayor uso de sintetizadores y efectos de sonido y melodías más accesibles junto a letras más elaboradas.
El disco fue reeditado en el 2006, con la lista de canciones en el orden original que tenía la banda en mente y con un DVD con extras y con sonido Dolby Digital 5.1 Surround Sound (una herencia de sus experiencias cuadrofónicas en Zaireeka).
Hay muchos momentos destacables en esta obra, pero, sin duda, el increíble comienzo con “Race for the Prize” es admirable por su potencia, que sirve de preámbulo al marcado carácter optimista que impregna a todo el disco. Es una canción sobre la ciencia, acerca de la lucha de dos científicos por encontrar una cura, el premio al que aspiran. Pero la letra nos recuerda que no son Dioses, sino “humanos, con mujer e hijos”.
Es una temática parecida al que sería el segundo single, “Waitin’ for Superman“, la canción que más repercusión tuvo, en la que se nos pide que no esperemos a Superman, que él ya tiene bastante, y que intentemos solucionar nuestros problemas lo mejor que podamos.
“Race for the Prize” enlaza con otra canción dedicada a la ciencia, “A Spoonful Weighs a Ton“, también sobre científicos que salvan a la humanidad, incluso aunque tengan que elevar el sol, tan pesado que “una cucharada pesa una tonelada”. Los arreglos de esta canción rozan la horterada, con arpas flotando entre instrumentos de viento, aunque ese ambiente idílico se rompe varias veces con unos rotundos sonidos “power pop”. Y, por supuesto, no hay que dejar pasar los impresionantes gallos de Wayne Coyne.
“The Spark that Bled” es una extraña canción, que recuerda bastante a Yes, por la voz aguda y la estructura en pequeños movimientos, a la manera del rock progresivo. En cuanto a la letra, es una de las más brillantes: “I accidentally touched my head, and noticed that I had been bleeding, for how long I didn’t know. What was this -I thought- that struck me? What kind of weapons have they got? The softest bullet ever shot…” (Toqué accidentalmente mi cabeza, y me dí cuenta de que había estado sangrando, no sabía por cuanto tiempo. ¿Qué es eso -pensé- que me ha golpeado? ¿Qué tipo de armas tienen? La bala más suave jamás disparada…)
La grabación del disco, después del esfuerzo realizado con Zaireeka, no ocurrió en el mejor momento para la banda. El bajista, Michael Ivins, sufrió un accidente de tráfico y Steven Drozd tenía problemas muy graves con la heroina. Estuvo a punto de perder un brazo debido a la infección producida por los pinchazos. Cuando los compañeros le preguntaron, dijo que le había picado una araña, y en esta anécdota se basa “The Spiderbite Song” (La canción de la picadura de araña): “I was glad that it didn’t destroy you, how sad that would be, ’cause if it destroys you, it would destroy me” (Me alegro de que no te destruyera, qué triste sería eso, porque si te destruye a tí, me destruiría a mi)
El momento más inspirado del disco, para mí, llega con “Suddenly Everything Has Changed“, una canción sobre esos momentos banales, que no tienen nada de especial (doblar la ropa o colocar la compra) pero en los que, de repente, te das cuenta de que tu vida es muy distinta de lo que solía ser y que todo ha cambiado, un sentimiento de trascendencia que llega en momentos intrascendentes.
Sigue la inspiración con “The Gash” (La herida), que nos dice que no somos los únicos con problemas, que todos tenemos alguna herida o cicatriz y que, aunque duela, hay que avanzar.
Y cierra esta pequeña trilogía “Feeling Yourself Disintegrate“, que trata sobre el amor y la muerte, la aceptación del momento en el que sientes cómo te desintegras…
Éste es un disco de obligada escucha. Puede no gustar, puede desesperar la voz de Coyne, encontrarlo demasiado acaramelado,pero, aún así, merece la pena acercarse a él, porque puede producir sensaciones muy intensas y hacer que te conozcas a tí mismo un poco mejor; y esto no es fácil de encontrar. A disfrutarlo.
En el fondo se insinúan las líneas verticales y horizontales, y como elemento en primer plano se sitúa una mancha con los mismos colores de la onda. Ésta última está duplicada, estando la repetición más alejada que en el anterior canon, según la melodía que se repite se aleja del tono principal también en la música.
Sigue dominando un color azul-verdoso, en esta ocasión más cerca del verde que del azul.
Hace poco encontré este libro en la feria del libro antiguo y de ocasión; una colección de cuentos de Philip K. Dick.
“La máquina preservadora” contiene ocho cuentos, algunos bastante conocidos, como “Recuerdos al por mayor“, famoso por servir de inspiración para “Desafío Total“.
Philip K. Dick es un torbellino de inspiración y creatividad, tanto en sus novelas como en los más de 100 cuentos que escribió durante su carrera. Sus ideas, que pueden parecer extravagantes y más propias de un “iluminado”, han ido cuajando poco a poco en una sociedad cada vez más paranoica, enfrentada a dilemas éticos y morales antes impensables. Desde que en 1982 se realizara la primera adaptación de una de sus novelas (“Blade Runner“, basada en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?“), la lista de películas que han bebido de sus historias (directamente, como “Minority Report“, “Paycheck“, o indirectamente, como “Matrix” o “Abre los Ojos“) continúa creciendo. Su visión del mundo, de la interacción del ser humano con la realidad, el cuestionamiento de esa realidad, genera numerosas preguntas en el lector.
No hay más que leer los cuentos de esta pequeña recopilación para sentir esa inquietud, como un cosquilleo en la nuca; la sensación de que incluso lo más cotidiano, lo que estructura nuestras vivencias, puede ser consecuencia de algo incomprensible; que detrás de la más simple de las acciones, hay una explicación alternativa con posibilidades de ser real. Lo cierto se convierte en duda. Un buen ejemplo de ello es “Rug“, uno de sus primeros cuentos, cuyo protagonista, un perro, percibe esa realidad alternativa que nadie más parece detectar.
Dick utiliza algunas normas del género de ciencia ficción, como la contextualización de las historias en sociedades “avanzadas”, en tiempos futuros, pero nunca son un fin en sí mismas. Son el escenario ideal para desarrollar toda una filosofía que traspasa los límites del género. Y una de las claves de esa filosofía es la degeneración de la realidad, un tema que impregna toda su obra y que se ve reflejada en varios cuentos de esta recopilación, como en “Si no existiera Benny Cemoli“, “Veterano de Guerra” o, por supuesto, “Recuerdos al por mayor“, un perfecto ejemplo de esa paranoia que estructura la realidad del individuo en distintas capas imbricadas entre sí.
Y si hablamos de degeneración, nada mejor que el cuento que da nombre a la recopilación, “La máquina preservadora“, en la que la música es la que sufre esa degeneración. Nada es eterno, ni siquiera el arte: “Ars longa, vita brevis”, una longevidad que no lo libra de las mutaciones y el cambio, como ocurre con cualquiera de los objetos que existen en el universo. Ni siquiera los agujeros negros son inmutables, mucho menos el Arte.
Hay un elemento que aparece constantemente en la obra de este escritor: la máquina. Aparecen varias en estos cuentos, y siempre distorsionan la realidad que les rodea, que es para lo que sirven las máquinas. Nadie como Dick ha sabido percibir y magnificar esa función principal. En “La máquina preservadora” es un instrumento como tal, pero en otros, como “Juego de guerra“, “Cargo de suplente máximo” o “Si no existiera Benny Cemoli“, la máquina actúa con independencia, piensa, pero sin dejar de ser una máquina, y eso es lo que resulta inquietante y la base de grandes obras como “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?“.
Leer a Dick puede ser revelador en determinados momentos. Cuando la vida parece deshacerse, cuando lo que has sentido como inmutable se derrumba, dejando una pila de sucios escombros, sus historias se llenan de significado. No te alivian, ni responden preguntas, ni solucionan ningún problema, pero te hacen ver que tus sensaciones son sólo una capa más dentro de una red de infinita de capas en una realidad objetiva y subjetivamente compleja y casi imposible de desentrañar.
Haciendo referencia al famoso “Los tres primeros minutos del universo”, del Nobel Steven Weinberg, Paul Davies realiza en este libro un recorrido por los posibles finales del universo.
Después de analizar los posibles finales de nuestro planeta, incluyendo el que es aceptado por la comunidad científica (achicharrada por un sol convertido en supergigante roja, dentro de más de 3000 millones de años), pasa a describirnos las varias opciones a las que se enfrenta el universo en conjunto, que, básicamente, dependen de la cantidad de materia existente. Si no es suficiente para volver a contraerlo, gracias a la fuerza de la gravedad, en un “gran crujido” final, estaría condenado a expanderse infinitamente, diluyéndose cada vez más y convirtiéndose en un lugar oscuro, una sopa inconcebiblemente diluida compuesta por electrones y positrones, sucumbiendo a la segunda ley de la termodinámica, a la tiranía del aumento de la entropía.
Si la masa del universo supera un tamaño crítico, el escenario cambia por completo: Las galaxias comenzarán a frenar su huida y volverán a juntarse debido a la atracción gravitatoria, para terminar como empezó, en una singularidad espacio-temporal de la que no podría escapar y, simplemente, desaparecería.
Entre esas dos opciones, otra amplia gama de posibilidades: Un universo que estalla y encoge constantemente, universos “burbuja” debido a fluctuaciones en el proceso de inflación, multiuniversos, y, la opción más desesperánzadora, la degeneración del vacío, algo que podría estar ya ocurriendo y del que no tendríamos noticias hasta que, en un nanosegundo, todo lo que nos rodea, degeneraría y se desvanecería para siempre…
Uno de los aspectos más interesantes del libro es el estudio de la posibilidad de supervivencia de cualquier especie “sentiente” en todos esos escenarios. Menciona los estudios de Frank J. Tipler presentados en ese curioso libro que es “La Física de la Inmortalidad” (un libro de física que intenta demostrar la posibilidad de la vida después de la muerte…), y otros científicos que han tratado el tema.
“Los últimos tres minutos” es un libro de divulgación sencillo de comprender y una buena manera de entrar, aunque sea tangencialmente, en las últimas investigaciones cosmológicas sobre el destino final del universo.
Un único comentario más sobre la traducción del término anglosajón “big bang“. El traductor decide utilizar la expresión “gran pum“, siguiendo una propuesta de Octavio Paz, como una manera de mantener la naturaleza onomatopéyica de la expresión original. Como comenta el traductor:
En todo caso, no parece mal intentar liberarse de expresiones que contaminan el
castellano sin ofrecer nada a cambio y que pueden tener, a lo que se ve, traducciones correctas y de sentido completo.
No niego que es una traducción correcta y con sentido completo, pero no entiendo el porqué de intentar conservar la onomatopeya. Si en el idioma inglés predominan los verbos y sustantivos onomatopéyicos es problema suyo… Me parece bien castellanizar la expresión, pero al ceder en conservar la onomatopeya, surge algo artificial (y un tanto ridículo, si se me permite). No veo qué problema hay en utilizar “gran explosión”. Es sólo una opinión.