Pale Green Ghosts

Este señor de mirada torva, con cara de pocos amigos, es John Grant, un verdadero descubrimiento en este tórrido verano. Viene a sumarse a una lista de autores sin complejos, siguiendo la estela de gente de la talla de Rufus Wainwright o Stephin Merrit. Todo un señor cantando sobre sus relaciones con hombres, el amor y el desamor, el miedo,  la superación y animando a los jóvenes a ser fuertes y no dejar que las heridas que producen los prejuicios de los demás se infecten.

Lo primero que sorprende de Grant es su sinceridad arrolladora. Una música que no es especialmente novedosa, pero que funciona perfectamente como canal para desahogarse y ayudar al desahogo de los escuchantes. Tanto este disco como su primer largo en solitario, “Queen of Denmark”, son retazos autobiográficos aliñados con fina ironía, melancolía y algo de buen humor.

Todo el disco se deja llevar por el sonido de sintetizador de los años 80. Algunas canciones son más tecno ochentero que el tecno ochentero, perfectas canciones replicantes ( You Don’t Have To, Sensitive New Age Guy). La belleza de los coros, con Sinnead O’Connor como acompañante de lujo (Vietnam, It Doesn’t Matter To Him, Why Don’t You Love Me Anymore). La sinceridad ya mencionada que en algunos momentos es sangrante (Ernest Borgnine, Glacier, I Hate This Town). Y, por supuesto, la comedia engarzada de manera sutil entre estereotipadas canciones de amor y odio (GMF, Black Belt).

Solamente con escuchar la primera canción, la que da título al disco, ya se puede sentir lo especial de este artista. Haciendo referencia a las hojas plateadas de los olivos rusos de california brillando a la luz de la luna, es la oportunidad para deleitarse con ese sonido de sintetizador robado a la década de los 80, en una mezcla coherente y perfecta con la aterciopelada voz de Grant y unos violines susurrantes. Reflexiones de conductor noctámbulo que son el comienzo de un disco más que recomendable.


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Y, ¿qué decir de la portada? Que es todo un acierto. Ya no necesitamos sentirnos doblemente culpables por tener como amor platónico al malo barbudo de la película. Secretamente repudiabas al estilizado y depilado protagonista y a sus ñoñas amantes. Ahora es el cultivado rufián, y no un efebo entrado en años, el que canta bellas canciones de amor y sabes con certeza que están dedicadas a ti, que ya tienes claro que el lado oscuro es mucho más interesante. Muy agradecido, John.

Spin

De repente, desaparecen las estrellas.

Esta es la premisa, y poco más se puede contar para no destripar esta fantástica novela de Robert C. Wilson, ganadora del premio Hugo en 2006.

El título del primer capítulo, 4 x 109 d. C., es la primera bofetada al desprevenido lector. Entramos entonces en un juego a dos tiempos, que poco a poco se resuelve de manera magistral, con un argumento que tiene el atractivo de la ciencia ficción clásica, que hace volar la imaginación y reverbera en la mente. Un trío protagonista creíble, más una aparición marciana… Ideas precisas y bien desarrolladas, con la suficiente explicación científica para contentar a los exigentes racionalistas y bastante poesía en el concepto como para saciar las ansias de trascendencia de los más fantasiosos. El estilo de Wilson es el de los escritores de Best Seller, manteniéndote pegado al libro y deseoso de volver a él como un bálsamo. Pero, lo que cuenta es mucho más interesante que muchos Best Sellers, por lo que la satisfacción está garantizada.

La novela tiene continuación en otras dos obras, que esperemos no defrauden la frescura de esta primera entrega.

MikroKosmos 16

MK_Ph16

Paralelas en planos distintos que terminan convergiendo. El límite de Euclides.

MikroKosmos 15

MK_Ph15

 

Tradición sostenida, colgando sobre el oscuro presente