La pobre ballena moribunda que apareció en la playa de la Concha, en San Sebastian, el puente de la constitución del pasado año. Todavía coleaba un poco cuando tomé estas fotos, aunque ya estaba practicamente aplastada por su propio peso . Murió un par de horas después.
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2013
Rompo el periodo de inactividad para felicitar el nuevo año 2013; un año que, en mi caso, ha comenzado con el pincel en la mano y Akhenaten, de Philip Glass, como música de fondo, entremezclado con los petardos y los fuegos artificiales de las celebraciones.
Como persona escéptica, no creyente, suelo recelar de los rituales de estos días, tanto religiosos (navidad) como sociales (año nuevo). Pero soy consciente de la importancia que tienen para el ser humano: como punto de referencia, como apoyo emocional para afrontar la vida. Un ritual no deja de ser una serie de actos que no tienen sentido por sí mismos: nosotros los dotamos de significado.
Por eso, desde hace ya un tiempo, después de pasar por una primera fase de rechazo a cualquier tipo de celebración oficial y socialmente aceptada, decidí elaborar mis propios rituales. Este año lo he comenzado de esta manera, como símbolo de lo que quiero que sea este 2013. Ataviado con las ropas blancas que suelo utilizar para no mancharme mientras pinto, el pincel untado en un precioso azul ultramarino y con el embriagador aroma del óleo, escuchaba las olas minimalistas de la música de Glass; música repetitiva, hipnótica, para un cuadro que espera tener esas características.
Lleno de estrellas, porque este año ha aparecido una estrella en el Norte que mira hacia el Sur, y, como el buen Rey Gaspar en el que me está convirtiendo mi larga barba, pienso seguirla y disfrutar de su luz. Que el óleo sea mi incienso.
Feliz Año 2013, cargado de arte, de música y de buen vino. Urte Berri On!
Sunset 2012
e-libro
Nada como el olor de un libro, pasar las páginas, su tacto cálido… Totalmente de acuerdo y no pienso renunciar a ello, pero este «e-libro» que compré hace unos meses como un capricho se ha convertido en compañero inseparable de viaje.
Cientos de libros en tus manos, en menos de 1 kg de peso; se acabó tener que cargar con dos o tres libros cada vez que salgas de viaje. Sé que muchos no lo creerán, pero se le coge cariño al bicho este.
Además, siendo un apasionado de la ciencia ficción, este invento, el de la tinta electrónica, es lo más parecido a un artículo sacado directamente de una de esas novelas futuristas de la época dorada del género. Es totalmente distinto a una pantalla convencional, sobre todo porque no está retroiluminada (lo que solucioné en el momento de la compra adquiriendo una funda con lamparita led, la mar de práctica). No hace daño a la vista y la apariencia es la de una página verdadera… una página que cambia a tu antojo, como por arte de magia, con ese parpadeo en negativo durante unas décimas de segundo, que es lo que para mí le da ese toque de tecnología imaginada en los años 50 del siglo XX.
Tecnología «retro» y actual a la vez, que, como el caso del modelo que orgullosamente poseo, también tiene conexión a internet y reproductor de música. Me fascina poder consultar el correo o hacer una búsqueda en la wikipedia con este aparato, ver las páginas como eso, como «páginas» de verdad, como impresas en un libro cambiante. Es fascinante.
Si estabas dudando, mi consejo es que merece la pena. Se lee mucho más (hay cientos de libros gratuitos y «gratuitos» pululando por la red) por la comodidad que supone tener decenas de libros a tu alcance con un solo gesto de dedo. Es la solución perfecta para viajeros y devoradores de libros.
Sobre educación y profesorado
Parece que tenemos que pedir perdón por el trabajo que tenemos, por el sueldo que cobramos y por las horas que trabajamos. Pues nada: perdón.
¿Qué penitencia os parece bien que suframos? ¿Clases de más de 30 alumnos? ¿Falta de respeto en las aulas? ¿Insultos por la calle? ¿Coches rayados? ¿Burocracia sin límites? Bueno, entonces no es nada que no suframos ya.
¡Ah! ¿Qué queréis más bajada de sueldo, más horas de trabajo y menos vacaciones? De acuerdo, después de todo, tendremos que expiar nuestra «gran culpa», que no sé muy bien cuál es… Espera… claaaro, que somos unos privilegiados que no dan palo al agua ¿cómo se llamaba esa escoria indigna? ¡Funcionarios! ¡Eso es! Es que a veces se me olvida mi condición de parásito de la sociedad y chupóptero de las arcas estatales, sobre todo mientras estoy absorto en clase o en actividades extraescolares enseñando a mis alumnos a pensar por sí mismos…
La primera clase del curso les hablaré de Kafka y su Metamorfosis, de cómo «cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto».
Escalofriante imagen de un PDF (parásito docente funcionario) «trabajando», tomada por un alumno




