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Los tres estigmas de Palmer Eldritch


De nuevo Philip K. Dick. Y de nuevo otra impresionante novela de este genio alterado de la ciencia ficción.
Tras un viaje a Próxima Centauri de una década de duración, Palmer Eldritch regresa al sistema solar con un nuevo producto que podría sustituir a la «Can-D», una droga «ilegal» que consumen los colonos que han sido forzados a abandonar la Tierra; una sustancia que les ayuda a soportar las duras condiciones en las que viven, y que utilizan junto a los equipos «Perky Pat», unos juguetes que actúan como catalizador de las visiones y sensaciones que provoca la droga. Una de las características de esa sustancia es que consigue la «comunión» de varias mentes, que habitan la alucinación en un mismo cuerpo.
También aparece una de las ideas más surrealistas que ha parido la mente de este escritor: el dj, que orbita los planetas y satélites donde están los colonos anunciando los productos Perky Pat; una idea que desarrollaría completamente en Dr. Monedasangrienta, ahora como una figura mesiánica portadora de esperanza.

En la contraportada leemos lo siguiente:

«Philip K. Dick (…) reincide una vez más en su tema favorito: la creación de un universo ficticio por parte de los que mandan, como medio para perpetuar la represión.»

No sé si «represión» es la palabra correcta tratándose de Dick; quizás sería más adecuado «control». En la novela existe un entramado de intereses económicos que permiten la distribución de una droga alucinógena que mantiene vivas las esperanzas de los colonizadores en los distintos emplazamientos del sistema solar. Esa droga genera la ilusión de estar de nuevo en la Tierrra, habitando un cuerpo perfecto en un entorno perfecto. Curioso, porque tampoco en la Tierra encontramos ese entorno, debido al calentamiento de la superficie que obliga a los ciudadanos a habitar en edificios refrigerados, con el peligro de morir abrasados si permanecen en el exterior sin protección. Así, nos encontramos una existencia que es, con y sin droga, alienada y degenerada.

En este contexto, Dick plantea sus temas recurrentes: drogas, religión (culpa y expiación), política, y distintas realidades conviviendo en un mismo espacio y tiempo. Como siempre, nos hace cuestionar la naturaleza de la realidad y los medios que poseemos para explorarla y orientarnos sin caer en la esquizofrenia y la locura (o aceptándolas como parte del entramado de lo real).

 

Título: “Los Tres Estigmas de Palmer Eldritch”

Autor: Philip K. Dick

Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 43.

1964 (edición 1979)

191 páginas

El ojo en el cielo


Cuantas alegrías nos han dado los libritos azules y plateados de Orbis…

El primer libro de Philip K. Dick que llegó a mis manos fue el Ubik de esta colección. Desde ese día, no he parado de leer a Dick, y ninguna de sus obras me ha decepcionado o dejado indiferente, y este Ojo en el cielo no ha sido menos.

En él, la subjetividad se convierte en realidad objetiva, percibida (y sufrida) por los demás. Las represiones, las creencias, los miedos y esperanzas de cada personaje se materializan y convierten en algo tangible (y peligroso). Esa es la premisa básica del libro, y, de nuevo, Dick lo ejecuta de manera soberbia (aunque al final la idea se degenera un poco) y lo utiliza en su incansable tarea de poner en entredicho la naturaleza de la realidad.

La primera mitad del libro me recordó enormemente a algunos de los magníficos cuentos de Ted Chiang; Dick, como sus deidades, está siempre presente y moviendo algunos hilos.

Ojo en el cielo es una manera perfecta de acercarse al universo de Dick, de adentrarse en las infinitas capas de la realidad, de plantearse la realidad desde otros puntos de vista.

Deus Irae

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Deus Irae trata muchos de los temas que interesaban a Philip K. Dick; incluso siendo un libro escrito en colaboración con Roger Zelazny, tiene mucho de esa atmósfera de algunas obras de Dick. Recuerda sobre todo al Dr. Moneda Sangrienta: un mundo asolado cuya población sufre mutaciones que los convierten en seres extraños, o que los deja lisiados, como le ocurre al protagonista. Vuelven a aparecer las máquinas, algunas muy humanas. Y, por supuesto, la religión. Un nuevo credo que glorifica al causante de todo el desastre, que convive con las creencias antiguas que luchan por seguir sobreviviendo en un mundo que no supieron salvar.

Tibor McMasters, sin piernas ni brazos, es un artista, el mejor artista en una tierra devastada, al que le encargan realizar el retrato del nuevo Dios, del Dios de la Ira, que todavía vive en un cuerpo humano, el del funcionario que pulsó el botón del holocausto. Para poder captar la magnificencia de la divinidad, necesita verlo y por ello se embarca en una peregrinación para encontrarlo. Así comienza un viaje accidentado en su carrito tirado por una vaca, enfrentándose a los peligros de este mundo pervertido por la radiación y a sus propias dudas.

Deus Irae es, ante todo, un libro sobre la religión y su significado más íntimo. Plantea una interesante paradoja al enfrentar a dos dioses: uno malvado y terrible, capaz de destruir al ser humano, el dios de la ira, y otro, supuestamente bondadoso, que permite que eso ocurra, el dios cristiano. Uno de ellos pulsa el botón, pero el otro deja que el botón sea pulsado. En ambos casos, el ser humano no deja de ser un títere, lleno de preguntas sin respuesta, que la religión, cualquiera de ellas, no termina de contestar de manera satisfactoria. Dick es especialista en plantear ese tipo de preguntas en situaciones en las que son necesarias las respuestas, pero que nunca llegan. Terminamos con nuevas dudas, que tampoco encuentran solución, pero con la sensación de que eso es precisamente parte de la respuesta.

La máquina preservadora

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Hace poco encontré este libro en la feria del libro antiguo y de ocasión; una colección de cuentos de Philip K. Dick.
«La máquina preservadora» contiene ocho cuentos, algunos bastante conocidos, como «Recuerdos al por mayor«, famoso por servir de inspiración para «Desafío Total«.

Philip K. Dick es un torbellino de inspiración y creatividad, tanto en sus novelas como en los más de 100 cuentos que escribió durante su carrera. Sus ideas, que pueden parecer extravagantes y más propias de un «iluminado», han ido cuajando poco a poco en una sociedad cada vez más paranoica, enfrentada a dilemas éticos y morales antes impensables. Desde que en 1982 se realizara la primera adaptación de una de sus novelas («Blade Runner«, basada en «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?«), la lista de películas que han bebido de sus historias (directamente, como «Minority Report«, «Paycheck«, o indirectamente, como «Matrix» o «Abre los Ojos«) continúa creciendo. Su visión del mundo, de la interacción del ser humano con la realidad, el cuestionamiento de esa realidad, genera numerosas preguntas en el lector.

No hay más que leer los cuentos de esta pequeña recopilación para sentir esa inquietud, como un cosquilleo en la nuca; la sensación de que incluso lo más cotidiano, lo que estructura nuestras vivencias, puede ser consecuencia de algo incomprensible; que detrás de la más simple de las acciones, hay una explicación alternativa con posibilidades de ser real. Lo cierto se convierte en duda. Un buen ejemplo de ello es «Rug«, uno de sus primeros cuentos, cuyo protagonista, un perro, percibe esa realidad alternativa que nadie más parece detectar.

Dick utiliza algunas normas del género de ciencia ficción, como la contextualización de las historias en sociedades «avanzadas», en tiempos futuros, pero nunca son un fin en sí mismas. Son el escenario ideal para desarrollar toda una filosofía que traspasa los límites del género. Y una de las claves de esa filosofía es la degeneración de la realidad, un tema que impregna toda su obra y que se ve reflejada en varios cuentos de esta recopilación, como en «Si no existiera Benny Cemoli«, «Veterano de Guerra» o, por supuesto, «Recuerdos al por mayor«, un perfecto ejemplo de esa paranoia que estructura la realidad del individuo en distintas capas imbricadas entre sí.

Y si hablamos de degeneración, nada mejor que el cuento que da nombre a la recopilación, «La máquina preservadora«, en la que la música es la que sufre esa degeneración. Nada es eterno, ni siquiera el arte: «Ars longa, vita brevis», una longevidad que no lo libra de las mutaciones y el cambio, como ocurre con cualquiera de los objetos que existen en el universo. Ni siquiera los agujeros negros son inmutables, mucho menos el Arte.

Hay un elemento que aparece constantemente en la obra de este escritor: la máquina. Aparecen varias en estos cuentos, y siempre distorsionan la realidad que les rodea, que es para lo que sirven las máquinas. Nadie como Dick ha sabido percibir y magnificar esa función principal. En «La máquina preservadora» es un instrumento como tal, pero en otros, como «Juego de guerra«, «Cargo de suplente máximo» o «Si no existiera Benny Cemoli«, la máquina actúa con independencia, piensa, pero sin dejar de ser una máquina, y eso es lo que resulta inquietante y la base de grandes obras como «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?«.

Leer a Dick puede ser revelador en determinados momentos. Cuando la vida parece deshacerse, cuando lo que has sentido como inmutable se derrumba, dejando una pila de sucios escombros, sus historias se llenan de significado. No te alivian, ni responden preguntas, ni solucionan ningún problema, pero te hacen ver que tus sensaciones son sólo una capa más dentro de una red de infinita de capas en una realidad objetiva y subjetivamente compleja y casi imposible de desentrañar.