El genetista Dane Belfast intenta seguir la pista de Kendrew, genio creador de la mecánica genética, un procedimiento para conseguir mutaciones ventajosas en sólo una generación. En su búsqueda descubrirá que el método ya ha sido utilizado para alterar los genes de seres humanos y conseguir el siguiente paso en la evolución de la especie con individuos que poseen tremendas habilidades físicas y psíquicas.
Jack Williamson presenta en esta breve novela la disyuntiva entre la competencia y la colaboración; el instinto de conservación del rebaño (el ser humano) y la aceptación del diferente (los no-humanos).
Escrita en 1951, siete años después de los indicios experimentales de que era el ADN el responsable de la transmisión de las características hereditarias, y un año antes de su confirmación mediante el experimento de Hershey y Chase, Williamson, casi a ciegas y todavía asignando a las proteínas el papel de genes, intenta pronosticar las posibilidades de las técnicas de modificación genética. Utilizando más ficción que ciencia, nos describe un mundo en el que las posibilidades son infinitas: desde poderes psíquicos (psicoquinesia, telepatía) y características físicas mejoradas (inmunidad a las enfermedades y longevidad sin límites) hasta la creación de animales capaces de sobrevivir con la fotosíntesis o árboles capaces de incorporar metales y elementos radiactivos cuyos frutos son naves espaciales Conclusiones que hoy parecen inocentes, fantásticas y arriesgadas, aunque en los últimos años se ha ido cocinando una verdadera revolución que hubiera hecho las delicias de Williamson y que pueden significar un punto y aparte en nuestra historia como especie.
Título: La isla del dragón
Autor: Jack Williamson
Ed. Martínez Roca, Superficción, nº 95.
1951(edición 1985)
189 páginas

Todos estos años los sueños pudieron ser mantenidos a raya. Pero tú has confraternizado con ellos, sé que lo hiciste. Cometí un error contigo. Permitiste que mi ángel fuera envenenado por los sueños que no pudiste negar. Era un ángel, ¿lo sabías? Estaba libre de cualquier pensamiento y libre de cualquier sueño. Y tú eres quien lo hiciste pensar y soñar, y ahora está muriéndose. Y no está muriendo como ángel, sino como demonio ¿Quieres ver cómo es ahora? -dijo señalando hacia la puerta que conducía al sótano de la casa -. Sí, está allí abajo porque ya no es como era y ya no podía permanecer donde estaba. Se marchó reptando con su propio cuerpo, el cuerpo de un demonio. Y tiene sus propios sueños, los sueños de un demonio. Está soñando y muriendo por sus sueños.
¿Qué crimen o maldición le obliga a regresar una y otra vez a esta misma rueca de terror, para hilar sus cuentos, que siempre hablan de la extrañeza y el horror de las cosas? ¿Cuándo pondrá fin a su relato? Nos ha contado tantas cosas y nos contará aún más y, sin embargo, nunca dirá su nombre. No antes del último segundo de su vida decrépita y no después del comienzo de todos los nuevos nombres y no hasta que el propio tiempo haya borrado todos los nombres y no hasta que el propio tiempo haya borrado todos los nombres y haya extinguido todas las vidas. Pero hasta entonces, todos necesitan un nombre. Todos deben ser llamados de laguna manera. ¿Y cuál podríamos decir que es el nombre de todos?
Con los Cuentos de Canterbury de Chaucer como inspiración, Richard Dawkins relata la peregrinación del ser humano hasta los orígenes de la vida. En el camino se incorporarán los otros grupos de seres vivos que, desde su propio punto de partida, comparten parte del camino con nosotros.